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¿Cuándo acudir a un psicólog@ clínic@ para consultar y solicitar ayuda para usted o para su hij@?

En el caso de los adultos, un tratamiento psicológico debe aplicarse cuando se tiene un problema que desborda a la persona, es decir, que le dificulta o impide vivir de la forma deseada o que le produce gran malestar y sufrimiento.

Hemos de diferenciar entre un problema digamos natural o normal y una alteración clínicamente significativa. Son muchos los problemas con los que nos enfrentamos en el día a día, (la muerte de un ser querido, una mala relación de pareja, dificultades en el trabajo, contratiempos en la educación de los hij@s, etc.), pero, frecuentemente, nos valemos de nosotr@s mism@s y de las ayudas que tenemos (la familia, los amig@s, los compañer@s de trabajo, etcétera) para superarlos. Sin embargo, cuando las dificultades son excesivas, duran más de lo normal, son muy fuertes e incapacitantes en el quehacer diario y provocan un malestar emocional considerable- es cuando resulta necesario acudir a un tratamiento psicológico.

Otras veces la propia persona no se da cuenta de que necesita tratamiento psicológico. Son quienes conviven con él/ella quienes se percatan de sus dificultades. Puede ser el caso de los niñ@s, los ancian@s con demencia, o de quienes no tienen conciencia del problema (las psicosis) o lo niegan explícitamente (la anorexia, el alcoholismo, el juego patológico, etc.).

Podemos acudir a un psicólogo clínico cuando...

  • Sintamos que la tristeza, la apatía y la falta de ilusión empiezan a agobiarnos y pensamos que nuestras vidas carecen de sentido.
  • Nos vemos incapaces de encontrar algo positivo en nuestras vivencias cotidianas.
  • Todo a nuestro alrededor lo percibimos amenazante y nos sentimos solos, incomprendidos o desatendidos.
  • Pensamos que todo nos sale mal y que las cosas no van a cambiar.
  • Estamos atenazados por miedos que nos impiden salir a la calle, relacionarnos con otras personas, permanecer en un sitio cerrado, hablar en público, viajar, etc. Es decir, cuando el temor o la inseguridad nos impiden desarrollar nuestras habilidades y disfrutar de lo que nos rodea.
  • La obsesión por padecer graves enfermedades o contagiarnos de ellas nos lleva a conductas extrañas y repetitivas, de las que no podemos prescindir sin que su ausencia nos genere ansiedad.
  • Nos sentimos “con los nervios rotos” y casi cualquier situación hace que perdamos el control y sólo sepamos responder con agresividad o con un llanto inconsolable.
  • Nos damos cuenta de que fumar, beber o consumir cualquier otra droga, apostar,... se ha convertido en una adicción de la que no sabemos salir y que genera perjuicios importantes en nuestra vida o en la que de quieres nos rodean.
  • El estrés empieza a mostrarse a través de sus síntomas psicosomáticos: insomnio, problemas digestivos, cardiovasculares, sexuales, piel, muscular....
  • La ansiedad es una constante diaria, que impide la estabilidad y serenidad necesarias para mantener un pensamiento positivo, una conducta tranquila y el goce de los pequeños placeres cotidianos.
  • Los silencios, los desplantes o los gritos sustituyen al diálogo, y los problemas de comunicación enturbian nuestra relación con los demás.
  • Las dificultades sexuales afloran y vivimos la angustia que causan y, sobre todo, la imposibilidad de gozo y comunicación con la persona destinataria de nuestro amor.
  • Sentimos haber perdido el control sobre el bienestar y la estabilidad en las situaciones que afectan a nuestra pareja, nuestros hijos y/o nuestros familiares.

En el caso de los niños, es conveniente u tratamiento psicológico cuando exista un retraso o dificultades en la adquisición de habilidades, destrezas o conductas apropiadas a cada edad, como: el habla, control de esfínteres, diferentes hábitos de autonomía, lectura y escritura, relaciones sociales...

Cuando persisten y se mantienen en el tiempo características de edades anteriores: miedos a dormir solo, a la oscuridad, a los extraños, a no separarse de la familia ...

En ocasiones los niñ@s muestran su malestar y desadaptación a través de su comportamiento (estar enfadado, llorar, cambios bruscos de humor, desobedecer, negativismo u otras conductas perturbadoras) o por las cosas que dicen o cómo las dicen ... Pero en otras , las manifestaciones pueden ser más sutiles tanto que no se las considera problemáticas, como estar muy tranquilos, apagados, sin ganas de jugar, no molestan, …

En cualquier caso siempre que la familia y/o el colegio tengan dudas sobre la adecuación o no de ciertos comportamientos, o el manejo de ellos, sería conveniente acudir. La prevención es muy importante.

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