
Hola de nuevo a los lectores asiduos y nuevo hola para los que se estrenan. El post está a cargo de las psicólogas del Departamento de Psicología Clínica de CIPSA.
Seguro que más de una vez te has hecho una foto, te has puesto un filtro “suavecito” y has pensado: “Oye, pues así me veo bastante bien…”. Y luego te miras al espejo y dices: “¿Dónde está la piel de porcelana que tenía hace 5 minutos?”. Bienvenido/a al maravilloso (y a veces cruel) mundo de los filtros, donde cualquiera puede parecer su mejor versión… o alguien completamente distinto.
El problema llega cuando ese contraste entre la vida real y la vida filtrada se convierte en una lucha diaria. Y ahí entra en escena algo de lo que cada vez se habla más: la dismorfia corporal.
¿Qué es exactamente la dismorfia corporal?
La dismorfia corporal, más conocida como “no me gusta nada de lo que veo en el espejo”, es un trastorno en el que la persona se obsesiona con defectos que muchas veces ni existen, o que son tan pequeños que nadie más se fija. Lo típico: “Mi nariz es enorme” (cuando no lo es), “Mis brazos se ven fatal” (cuando solo tú lo notas), “No puedo subir una foto sin editarla” (lo típico de hoy en día). Antes este trastorno existía igual, pero ahora… Tenemos un extra: las redes sociales, que funcionan como una lupa distorsionada 24/7.
Las redes sociales: Ventajas y desventajas
No todo es malo, claro: gracias a Instagram o TikTok podemos compartir, aprender, conectar.
Pero también podemos compararnos sin descanso con personas que han pasado por un par de filtros, diez poses ensayadas, buena iluminación y, por supuesto, 30 fotos descartadas. Eso no es vida real. Pero el cerebro adolescente e incluso el adulto, no nos engañemos se lo cree. Y empieza a pensar que esa debería ser su apariencia las 24 horas del día. Spoiler: es imposible.
Los filtros no son el problema… hasta que lo son
Los filtros empezaron siendo divertidos: orejitas de perro, cara de alien, piel brillante estilo “angelito caído del cielo”. Pero ahora existen filtros “naturales” que te cambian totalmente la cara sin que tú lo notes: te afinan la nariz, te levantan los pómulos, te agrandan los ojos, te borran las arrugas, te hacen el mejor glow de tu vida. ¿Resultado? Cuando te ves sin filtro, parece que alguien te ha robado tu versión “bonita”. Ahí es cuando muchas personas empiezan a evitar fotos reales, a compararse con otras caras irreales y a sentir que nunca estarán “a la altura”. Ese malestar sostenido es un terreno fértil para la dismorfia corporal.
Cuando el cuerpo se convierte en enemigo
La dismorfia no es solo “inseguridad estética”; es un combo mucho más duro: obsesión constante con un defecto, revisarse en espejos o evitar mirarse, buscar cirugías, tratamientos o edición extrema, ansiedad y bajón emocional, aislamiento social. Y por supuesto: una relación tensa con las redes sociales, donde el cuerpo perfecto parece ser el pasaporte para tener amigos, seguidores o validación.
Recordarte sin filtros también es quererte
Al final del día, ningún filtro puede capturar lo que realmente te hace único. La cámara solo ve una parte, tú eres muchísimo más que eso. La idea no es dejar de usar redes, sino recordarte que tu valor no cabe en un recuadro de Instagram ni se mide por likes. Cuando te mires al espejo, hazlo con la misma suavidad con la que miras a tu mejor amigo: sin juicio, con cariño y con paciencia. Porque la versión más real de ti siempre será la más valiosa.
Como siempre un abrazo de 20 segundos para cada lector/a.
Equipo de Psicología Clínica de CIPSA
Imágenes: Created by Pexels • Pexels


