Adicción al móvil y picos de dopamina: la nueva epidemia silenciosa

Hace un tiempo vi un documental en el que se explicaba cómo algunos elementos del diseño de los teléfonos móviles —luces, colores, vibraciones y sonidos— se inspiran en mecanismos similares a los de las máquinas de los casinos. No se trataba de un mensaje alarmista, sino de una descripción de cómo ciertos estímulos están pensados y diseñados para captar nuestra atención. Crear y mantener nuestro hábito de consultar el móvil cada vez con más frecuencia. La explicación tiene una base psicológica conocida: el refuerzo intermitente. Cuando una recompensa aparece de forma impredecible —un mensaje inesperado, un “like”— aumenta la probabilidad de repetir la conducta. Pero, ¿por qué?, la dopamina participa en este proceso, pero en este caso no como generadora directa de placer, sino como moduladora de la anticipación y la motivación. Por ejemplo, cuando compramos entradas para un concierto, el bienestar no se limita al día del evento: también aparece en la anticipación previa, asociada a la motivación. De este modo, cada interacción con el móvil puede producir pequeños picos que invitan a seguir consultando. Esto no implica necesariamente una adicción, pero sí puede favorecer un uso más frecuente del que pretendemos. Algunos indicadores de uso problemático son: dificultad para desconectar, revisar el móvil de manera automática, sensación de inquietud cuando no está disponible o interferencias en la concentración y el descanso. En adolescentes y adultos jóvenes también se comienza a observar menor tolerancia al aburrimiento y mayor búsqueda de estimulación constante, y en muchos casos también en adultos. Conviene distinguir entre uso, abuso y dependencia. El uso elevado no siempre es negativo, especialmente cuando el móvil cumple una función laboral, académica o social importante. El problema aparece cuando interfiere en áreas esenciales de la vida cotidiana: sueño, relaciones, rendimiento o bienestar emocional. Parte de las actuales intervenciones en higiene del sueño están basadas en el control del uso de dispositivos antes de dormir. Con sus luces despistan a nuestro reloj biológico natural y a los ciclos de sueño-vigilia asociados a la luz: si nuestro sistema detecta luces intensas, puede interpretar que no es de noche, toca seguir despierto. Existen estrategias sencillas y recomendadas para comenzar un uso más equilibrado: limitar las notificaciones, definir momentos del día sin pantalla, dejar el móvil fuera del dormitorio o incorporar pausas breves sin tecnología. En casos más persistentes, la intervención psicológica puede ayudar a trabajar la autorregulación y la gestión de impulsos. Además, es importante considerar que el móvil puede convertirse en un espacio de entrenamiento de ciertos patrones: si se mantiene una conducta de búsqueda constante de estímulos, esta tendencia puede trasladarse a otras áreas de la vida, por ejemplo generando sobre-atención en las relaciones personales, dificultades de concentración en el trabajo o ansiedad cuando no se dispone de respuesta inmediata,ç: tal y como ocurre en algunas conductas adictivas. No aspiramos tampoco a frenar el avance o uso de la tecnología, sino comprender sus efectos y promover un uso más consciente. Con pequeñas modificaciones en los hábitos es posible reducir la dependencia, recuperar el control y la atención. Utilizar el móvil como herramienta, y no como fuente constante de estimulación a nuestro sistema de recompensa. Como siempre un abrazo de 20 segundos para cada lector/a. Equipo de psicología clínica de CIPSA Imágenes: Created by Pexels • Pexels
A su lado en la sombra de la depresión: guía para familiares y amigos

Hola de nuevo a los lectores asiduos y nuevo hola para los que se estrenan. El post está a cargo de Carla Carrera, psicóloga del Departamento de Psicología Clínica de CIPSA. Hoy quiero hablar sobre cómo acompañar a un ser querido que atraviesa la depresión, lo que puede ser una experiencia difícil y emocionalmente intensa, especialmente cuando muestra resistencia a recibir ayuda profesional. Ten en cuenta que la depresión no es simplemente tristeza ni falta de voluntad; es un trastorno del estado de ánimo. Y en estos momentos, el entorno cercano puede convertirse en un pilar fundamental: un espacio seguro donde la persona se sienta comprendida y acompañada, sin presión ni juicios. En este artículo quiero ofreceros consejos prácticos a los familiares y amigos, que muchas veces quedan en la sombra. En primer lugar, entender la depresión es fundamental. No se trata de flojera o debilidad, si no de un trastorno que afecta a sus pensamientos, emociones y conducta, dificultando incluso las tareas más cotidianas. Muchas personas sienten culpa o vergüenza por no poder “salir adelante” solas, miedo a afrontar lo que les sucede o desesperanza porque creen que no tiene solución. Por eso, pueden rechazar cualquier ayuda. Reconocer esta realidad permite actuar con empatía y paciencia, evitando juicios que aumenten la sensación de aislamiento. Ejemplo: en lugar de decir “anímate, no es para tanto”, puedes decir “entiendo que ahora todo te resulte muy difícil”. Asimismo, estar presentes implica también escuchar activamente y validar los sentimientos de la persona sin ofrecer soluciones rápidas ni minimizarlos. Expresiones como “entiendo que lo estés pasando mal” o “no tienes que afrontar esto solo/a” transmiten comprensión y apoyo. Cada pequeño esfuerzo que la persona realice —levantarse de la cama, ducharse o cumplir con una tarea básica— merece ser reconocido. Ejemplo: “Sé que hoy has logrado salir a caminar un rato, es un gran paso”. En relación a lo anterior, cuidar la comunicación es clave, evitando frases que puedan parecer reproches o exigencias. En su lugar, es recomendable utilizar preguntas abiertas que inviten a la persona a expresar sus deseos y necesidades, y mostrar disponibilidad sin presionar. Presentar opciones accesibles, como la visita al médico de cabecera, líneas de ayuda telefónica o información sobre la terapia psicológica, puede abrir pequeñas ventanas de oportunidad hacia la búsqueda de apoyo. Ejemplo: “Si te parece, podríamos mirar juntos el número de tu médico o buscar un centro de psicología, por si en algún momento quieres consultarle” Además, ten en cuenta que proponer pequeñas acciones en el día día, con suavidad, puede marcar la diferencia. Invitar a actividades sencillas, como caminar unos minutos, escuchar música o preparar algo de comer juntos. Igualmente, ofrecer apoyo en tareas difíciles —compras, gestiones, limpieza— sin asumirlo todo, puede reducir la carga y favorecer que recupere poco a poco motivación. Por otro lado, estar atentos a señales de riesgo es vital. Comentarios sobre no querer vivir, ideación suicida o desesperanza profunda requieren atención inmediata. En esos casos, lo importante es mantener la calma, permanecer a su lado y, si es necesario, acudir a servicios de urgencia o líneas de crisis (como el 024), garantizando la seguridad de la persona sin dejarla sola. Por último, el cuidado del familiar o amigo que acompaña también es esencial. Acompañar a alguien con depresión puede generar un desgaste emocional importante, por lo que es recomendable establecer límites saludables, cuidar la propia salud física y mental y buscar apoyo cuando sea necesario. También, compartir experiencias con personas de confianza o recibir orientación profesional permite sostener el acompañamiento sin sobrecargarse. En resumen, acompañar a alguien en la sombra de la depresión requiere paciencia, comprensión y constancia. Estar presentes sin juzgar ni presionar, ofrecer oportunidades de conexión y valorar cada pequeño esfuerzo puede construir un camino hacia la apertura y la mejora del bienestar de la persona. Y, por supuesto, no olvides proteger la salud emocional de quienes acompañan. Como siempre un abrazo de 20 segundos para cada lector/a. Carla Carrera GonzálezPsicóloga del Departamento de Psicología Clínicadel Centro Interdisciplinar de Psicología y Salud, CIPSA Ángela Carrera CamuescoEspecialista en Psicología ClínicaDirectora de CIPSA Imágenes: Created by Pexels • Pexels
Ortorexia: Cuando Comer Saludable se Convierte en una Obsesión

Hola de nuevo a los lectores asiduos y nuevo hola para los que se estrenan. El post está a cargo de Irene Salomón y Elisa Sánchez psicólogas en prácticas en el Departamento de Psicología Clínica de CIPSA. En una sociedad cada vez más enfocada en la salud, la nutrición y la imagen corporal, el interés por seguir una alimentación “limpia” o “natural” ha cobrado gran protagonismo. No obstante, cuando esta búsqueda de lo saludable se transforma en una obsesión rígida y restrictiva, puede generar un estado emocional desgastante y limitar la calidad de vida de quien la experimenta. ¿Qué es la ortorexia? La ortorexia hace referencia a una preocupación excesiva y obsesiva por consumir únicamente alimentos considerados saludables o “puros”. Aunque a primera vista puede parecer un estilo de vida equilibrado, en realidad suele esconder una necesidad compulsiva de controlar cada aspecto de la alimentación, generando altos niveles de rigidez y ansiedad. Las personas con este tipo de comportamiento tienden a organizar su vida en torno a la comida, adoptando normas estrictas y rituales inflexibles que terminan por afectar su bienestar emocional, su rutina diaria e incluso sus relaciones personales. Más allá de los cambios de peso A diferencia de otros trastornos alimentarios, la ortorexia no se basa en el deseo de perder peso o mejorar la figura corporal, sino en la búsqueda obsesiva de una alimentación “perfecta”. La exclusión de alimentos suele basarse en percepciones personales de toxicidad o impureza, sin evidencia que lo respalde. Incluso cuando se apela a justificaciones científicas, estas tienden a ser aplicadas de manera extrema o descontextualizada. Esta preocupación desmedida puede generar altos niveles de estrés, culpa y ansiedad, especialmente cuando no logran seguir sus propias reglas autoimpuestas. Además, pueden desarrollar actitudes de superioridad moral o juicio hacia quienes no comparten sus hábitos, lo que puede dificultar la convivencia social y familiar como por ejemplo, al no integrarse en convenciones sociales. El papel de las redes sociales en su desarrollo Las redes sociales, y en particular Instagram, desempeñan un papel clave en la difusión y normalización de conductas ortoréxicas. Varios estudios validados han señalado que un uso intensivo de estas plataformas, especialmente entre personas jóvenes, se asocia con: El enfoque visual de Instagram, combinado con la sobreexposición a contenidos sobre estilos de vida “saludables”, dietas restrictivas y cuerpos idealizados y retocados, puede reforzar comportamientos obsesivos relacionados con la alimentación y dificultar una relación flexible y placentera con la comida. El deporte como factor de riesgo El ámbito deportivo, junto con otros espacios que imponen altos estándares físicos o estéticos, como el modelaje, la actuación o ciertas prácticas espirituales y de “bienestar”, pueden favorecer el desarrollo de esta obsesión alimentaria. Disciplinas como el fitness, el culturismo, el atletismo o la danza (que, aún siendo un arte, también implica gran exigencia física), suelen promover ideales de cuerpo “perfecto” y un enfoque disciplinado del rendimiento. En este contexto, algunas personas terminan adoptando dietas extremadamente estrictas, no con fines calóricos, sino enfocadas en la pureza, naturalidad o calidad nutricional, lo que puede llevarlas a descuidar su salud emocional y su vida social. Qué hacer si alguien cercano presenta signos de ortorexia La ortorexia puede tener consecuencias significativas si no se identifica y se aborda a tiempo. Detectarla puede resultar difícil, ya que socialmente se valora y promueve el consumo de alimentos “saludables”, lo que puede ocultar un problema subyacente. Si notas que alguien cercano muestra señales de una preocupación excesiva por la alimentación saludable, es importante estar atento a síntomas como: Ante la presencia de estos signos, lo fundamental es abordar la situación con empatía y sin juicios de valor. Escuchar con atención y expresar preocupación de manera respetuosa puede abrir la puerta al diálogo. Además, es recomendable sugerir el acompañamiento de un profesional de la salud mental, preferiblemente especializado en trastornos alimentarios, el cual puede brindar el apoyo y la orientación necesarios para superar estas dificultades. Como siempre un abrazo de 20 segundos para cada lector/a Irene Salomón y Elisa SánchezPsicólogas en prácticas del Departamento de Psicología Clínicadel Centro Interdisciplinar de Psicología y Salud, CIPSA Ángela Carrera CamuescoEspecialista en Psicología ClínicaDirectora de CIPSA Imágenes: Created by Pexels • Pexels
Madurez Emocional

Hola de nuevo a los lectores asiduos y nuevo hola para los que se estrenan. El post está a cargo de María López Gutiérrez y Yolanda Saiz Jerez, psicólogas en prácticas en el Departamento de Psicología Clínica de CIPSA. Madurez e inteligencia emocional La madurez es un término amplio. En psicología se conoce como la capacidad de una persona para reaccionar adecuadamente a las situaciones o al entorno, controlar las emociones y comportarse de manera responsable, es decir, poniendo cuidado y atención en lo que hace o decide, respondiendo de algo o por alguien y acatando las consecuencias de lo que hace. Un componente importante de la madurez es la inteligencia emocional, la cual se compone de cinco elementos fundamentales: el autoconocimiento emocional, que permite identificar y entender lo que se siente en cada momento; el autocontrol emocional, que ayuda a manejar adecuadamente las emociones, especialmente en situaciones difíciles; la motivación, que impulsa a alcanzar metas personales superando obstáculos; la empatía, que consiste en percibir y comprender los sentimientos de los demás, favoreciendo relaciones más respetuosas; y las habilidades sociales, que permiten interactuar de manera efectiva, resolver conflictos y trabajar en equipo. Madurez y biología Desde un enfoque biológico, nos referimos al estado en el que las capacidades mentales y físicas de un individuo están plenamente desarrolladas. El cerebro, concretamente la corteza prefrontal, sigue desarrollándose hasta la adultez temprana (alrededor de los 25 años), lo que puede influir en la capacidad de regular las emociones y tomar decisiones. Sin embargo, la edad biológica no necesariamente determina la madurez. Una persona mayor puede ser emocionalmente inmadura, mientras que otra joven puede ser madura emocionalmente. Aunque no existe una edad biológica específica para alcanzar la madurez, las experiencias vitales y el desarrollo cognitivo pueden influir en ésta. Madurez emocional Las personas que reflexionan sobre sus acciones y piensan sobre su propio proceso de pensamiento tienden a ser más competentes socialmente y emocionalmente maduras en la adultez. La madurez se alcanza a través de la autonomía, independencia y responsabilidad. Cuando estas características no se dan hablamos de inmadurez emocional. ¿Cómo se manifiesta la inmadurez emocional? Puede manifestarse de diferentes formas: La madurez emocional no es un destino ni una meta final, sino un viaje que se transita con esfuerzo y dedicación. Como siempre, un abrazo de 20 segundos para cada lector/a. María López Gutiérrez y Yolanda Saiz JerezPsicólogo en prácticas en el Departamento de Psicología Clínicadel Centro Interdisciplinar de Psicología y Salud, CIPSA Ángela Carrera CamuescoPsicóloga Clínica y directora de CIPSA Imágenes: Created by Pexels ~ Nataliya Vaitkevich • Pexels